lunes, 3 de junio de 2024

ANA


Aquella tarde de otoño, el cielo lucía encapotado, se avecinaba una tormenta avisada en todos los partes meteorológicos de todos los noticieros de televisión.  En las afueras de una gran ciudad donde se ubican unos enormes y modernos edificios existía un modesto café en el que se servía el mejor capuchino.  Eso pensaba Ana, que todos los días acudía puntual. Entraba por la puerta cuando un enorme relámpago iluminó el cielo de manera estrepitosa. La suerte hizo que empezara a llover estando Ana ya dentro. Apenas se había preparado para tal acontecimiento. Ella era así, despistada, alocada, risueña. Tenía sueños por cumplir y toda una vida por delante. Tenía el pelo castaño y ondulado, largo hasta la cintura, le gustaba poner mechones por delante de su hombro derecho para poder pasarlo por su oreja, era una manía de las suyas. Sus ojos color miel irradiaban vitalidad, alegría, felicidad. Su sonrisa era perfecta, sus dientes nacarados eran su mejor baza, su porte elegante, su manera de caminar la hacía destacar entre la multitud. Había nacido una estrella dispuesta a brillar y eclipsar a cualquiera. Su paso firme y decidido no indicaban lo contrario. Ese magnetismo innegable, ese saber estar le venía innato. Un aurea que atrapaba a cualquier persona. Pero no lo iba a tener fácil, la vida se empeñó en lo contrario.

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